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¿Por qué música de cámara?

Si miro atrás, mis primeros recuerdos con el fagot son de la clase colectiva que tenía con mis compañeros del conservatorio. Lo bien que lo pasábamos tocando juntos, versionando obras de música pop o de grandes compositores clásicos. Ir a la tele a grabar El Conciertazo, las actuaciones del cuarteto de fagotes con coreografía que presentábamos en las audiciones de viento, o incluso en algunas ferias y fiestas a las que nos invitaron…

En el grado superior, todas las horas de estudio personal cobraban sentido en la clase de música de cámara pues, al dialogar usando notas con mis compañeros, me daba cuenta de que el tiempo dedicado a trabajar mi expresión personal suponía una mejora en nuestro coloquio musical. Mi profesor Gabriel Loidi me enseñó a ver la música de cámara de una forma maravillosa, que ha cambiado mi pensamiento musical. El maestro Loidi hizo que entendiera la estructura de la música de cámara, las funciones que otorga el compositor a cada músico en cada momento, y saber llevar a cabo los roles que existen. La música de cámara no es más que una obra de teatro en la que los músicos cuentan algo.

Muchos dirán que la orquesta sinfónica sólo es un grupo de música de cámara más grande y que el diálogo también se produce. Pero yo discrepo, ya que en la orquesta es el director el que propone su versión con su gesto. En cambio, la música de cámara necesita que los intérpretes hablen, cuenten, susurren, chillen, piensen… Cada uno de los miembros de la agrupación debe contar la historia de su papel, una vez que todos están de acuerdo en la lectura que hacen de la partitura. Se trata de crear una historia entre todos, de poner en común los sentimientos y sensaciones que esa obra les provoca, y cómo quieren contárselo al público. Esa libertad que proporciona la música de cámara es, para mí, lo que permite al músico ser él mismo y disfrutar con cada sonido que emite.

He tocado en varias orquestas en Europa y, en la actualidad, supone el ochenta por ciento de mi actividad profesional. Me gusta mucho, es divertido, y me llena. Pero no dejo de pensar que cada uno de los miembros de la orquesta es una herramienta del director, una pieza más de un puzle gigante que, bien engranado, consigue una música de dimensiones enormes que ponen los pelos de punta. Pero el deseo de poder trabajar con un grupo más pequeño de personas, con una meta común, pudiendo desarrollar un proyecto propio, interpretando nuestra versión, mezclando música con arte visual y movimiento, me persigue. Con Almira lo consigo, pues siempre hemos perseguido la distinción, tanto mediante la máxima calidad sonora, como buscando nuevas formas de conectar con el público. No tengo miedo a probar, experimentar y divertirme. Estoy deseando crear, subirme al escenario y dialogar. Sentirme libre y expresar.

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